" Hijo mío,
No sé cómo empezar a contarte esto... pero me queda poco tiempo, y tengo que darme prisa. Tú conoces a Lord Ashton, y mi amistad con él. Su muerte fue para mí como si perdiera un hermano... incluso una parte de mi mismo. Pero la muerte nos lleva a todos, tarde o temprano.
Mientras él vivió, nuestras locuras de juventud, estuvieron a salvo. Una noche, borrachos e imprudentes, hicimos una apuesta... una apuesta de juego, dónde, tras perder una fortuna a sus manos, aposté la casa, nuestra casa, hijo... y la perdí. Perdí nuestro patrimonio, Nathan... y me sentí desesperado.
Debido a nuestra amistad, Lord Ashton se negó a hacerme pagar la apuesta, pero me sentí ultrajado en mi orgullo. Así que me ofreció un trato... y accedí.
El trato consistía en un plazo de diez años. Diez años para pagar esa apuesta...y el día que yo muriera, todo pasaría a sus manos. A no se que tú ya le hubieras dado un heredero al título y a la propiedad. De ser así, él lo dejaría todo en manos del pequeño heredero... y todo seguiría como hasta ahora.
Sé que mientras hubiera vivido, mi amigo jamás hubiera reclamado la propiedad... pero ahora es su hijo el que lo gestiona todo, y es un hombre sin escrúpulos.
Hace dos meses me escribió para comunicarme que se había enterado de la apuesta, y que sólo quedaba un año para poder hacerse con la casa....¡hubiera matado a ese maldito de haberlo tenido delante! Pero tiene todas las de ganar Nathan... y yo ya no tengo tiempo.
No permitas que te lo quite todo, hijo mío. Esta propiedad es parte de tu patrimonio... y parte de nuestra familia. Sé que debes tener algún problema con Elisabeth...en tres años de matrimonio, no habeis tenido descendencia... pero debes tener un hijo, Nathan... has de salvar lo nuestro.
Perdón por la herencia que te dejo. Pero confío en que no me defraudarás"
Nathan cerró la carta, mientras sus rasgos se crispaban. Miró a Smith, que se había mantenido en silencio, mientras él leía.
- ¿Porqué no me contó nunca nada?- preguntó con furia.
- Su padre tenía la esperanza de que su esposa le diera un hijo, milord... y con ello, resolver el problema.
- Debió decírmelo... se trataba de mi vida, de mi futuro... del futuro de mi familia.
- Tal vez, su padre no quiso alarmarle innecesariamente. Pero tras la carta del hijo de lord Ashton, la salud de su padre empeoró... y no pudo hacer mucho más que escribirle esa carta, por si moría de repente. Él intentó solucionarlo, milord... pero no consiguió nada.
Nathan cerró los ojos, intentando calmar la furia que lo estaba quemando por dentro. Arrugó la carta entre las manos, y salió de la biblioteca, pegando un portazo.
Volvió a la realidad, y miró el fuego nuevamente, intentando que los recuerdos no lo destrozaran. Pero desde que había leído aquella carta, su vida se había vuelto del revés, y nada, absolutamente nada, había sido como él había imaginado.
- Espero que Gabriel llegue a tiempo...- se dijo para sí mismo.
Gabriel era un pirata desvergonzado, el hijo menor de un lord llegado a menos, que había renunciado a todo y se había embarcado en una goleta, al servicio del gobierno. Era su mejor amigo... alguien que siempre había estado en los mejores momentos de Nathan... y en los peores. Y Nathan lo estimaba... como el hermano que nunca tuvo.
En ese momento, se volvió a abrir la puerta del salón. Marianne se asomó por ella
- Milord...
-¿No le dije que se acostara?- ladró Nathan.
- Milord, acaba de llegar el señor Gabriel... ¿le hago pasar?
Nathan se levantó como un resorte.- ¡ Claro, Marianne! ¡ Sabes que lo estoy esperando!¡Hazle pasar!
- Enseguida, milord
La aya se marchó rápidamente y segundos mas tarde, apareció Gabriel caminando a grandes zancadas
- Vamos, que recibimiento...- se quejó- te he dicho mil veces, amigo, que quiero que me abra la puerta la rubia voluptuosa que te hace la colada... no esa vieja aya que tienes, que siempre me regaña como si tuviera cinco años...
Nathan no pudo evitar sonreír, ante la perorata de su amigo. Siempre lo conseguía... a pesar de lo que pudiera estar pasando, Gabriel nunca perdía su sentido del humor.
- Gabriel... menos mal que has llegado ya...
- No, no me lo digas... ya te estaban saliendo alitas para poder subirte por las paredes con mayor comodidad... ¿no?
- Que gracioso eres... ¿nunca has pensado meterte en bufón y dejar la piratería?- Nathan hizo una mueca
- Corsario, amigo... soy corsario. Vamos a llamar las cosas por su nombre- contestó su amigo, haciéndose el ofendido.
Nathan volvió a sonreír, al borde de la carcajada. Su amigo era único para hacerle olvidar los malos momentos. Pero no podía olvidar porque su amigo estaba allí aquella noche.
- ¿La has conseguido?
- Mmmm... claro- Gabriel hizo un gesto con las manos- un bomboncito con unas curvas... mmmm...¡ para volverse loco!
- ¡Gabriel! ¡Que no estoy para bromas!
- ¿Y quién está bromeando?
- Gabriel...
- Vamos...¡encima que te la consigo guapa!Si lo llego a saber, te consigo una mellada, con mas años que mi madre y santas pascuas...
- Eres imposible...- soltó Nathan poniendo los ojos en blanco
Gabriel se quitó la casaca que llevaba y se sentó frente al fuego. Su rostro, siempre sonriente, se tornó serio.
- Nathan... hablando en serio...¿estás seguro?
Su amigo suspiró.- No tengo más remedio, Gabriel. Sabes lo que me juego.
- Sí, lo sé... pero tú eres incapaz de hacerle daño a una mosca. Y por mucho que te veas obligado, lo que has de hacer con esa chica... no se...
- Será recompensada
- Eso es lo de menos... ¿qué me dices de tí? ¿Y de Elisabeth?
- Ella sabe todo esto... se lo he explicado. Hará pasar el niño como suyo.
- ¿Y tú podrás con tu conciencia, Nathan?
Nathan guardó silencio y le dio la espalda a su amigo. Tras varios segundos, se volvió a girar.
- Me gusta esto menos que a nadie... pero no puedo hacer nada, Gabriel... debo evitar que Ashton se quede con la propiedad.
Gabriel suspiró y se levantó.- Lo sé... ojalá pudiera hacer algo más por ti...
- Ya has hecho bastante...- Nathan también suspiró- ¿ la has traído contigo?
- Está en Londres, en el muelle, en mi barco. Manda a Damon y dame unos días. Tendrás que bajar a Londres, amigo.
- No, Londres es muy peligroso. Llévala a mi propiedad en Caldwell.
- Cómo tú quieras.
- Está a sólo dos días de Londres. Una vez que acabe... que acabe, la traeré hacia aquí.
- Está bien. Dame un par de días... y luego haz las maletas.
- Está bien.
Gabriel le puso una mano en el hombro, y cogiendo su chaqueta, se dirigió a la puerta y salió. Nathan se dejó caer en el mismo sillón dónde había estado sentado con anterioridad, y se llevó una mano a su pelo oscuro, que revolvió, desesperado, siendo éste el único signo de como se sentía en realidad.